Actualidad

La historia de nuestra resistencia

Por Pabli Yasser Balcazar

Cada 28 de junio la pregunta por nuestra historia se hace carne. Esa historia que es una historia de cuerpo, resistencia y desobediencia, que no se encuentra en manuales ni en enciclopedias, sino en aquel anuncio de chico busca chico en la sección de contactos de alguna revista porno, en algún recorte de la crónica roja o de las listas rosas. La historia íntima de nuestras ancestras apócrifas que se traspasa de labio a labio y que aún espera a ser descubierta, escondida en registros psiquiátricos, informes judiciales y cartas de amor a medio quemar. 

Hace 10 años recién estaba comenzando en los oficios de la escritura y el mariconaje, y escribí para la Guinda dos largas, demasiado largas, crónicas sobre la revuelta de Stonewall. Fue una suerte de rastreo de pequeña beba sobre aquella épica desviada, ese hito fundacional en nuestra historia que aún no se termina de escribir. Sobre ese orgullo fundado por travas negras y latinas como Marsha P. Johnson o Sylvia Rivera. Busco el archivo de aquel texto, la editora también lo busca, pero como tantos de nuestros escritos se ha desvanecido. 

En esa búsqueda aparecen otros registros y otros archivos, que evocan la memoria de nuestras propias ancestras desviadas, como quien encuentra pequeños tesoros en los cajones de una tía-abuela. Aparecen cada una de esas que jamás esperaron dejar descendencia, pero sin embargo aquí estamos. Y aunque hoy conmemoramos a las trannys, queers & butchs que prendieron este fueguito en un bar de Greenwich Village, también aparecen en nuestra historia local todas las que hicieron arder chilemaricordillera con sus pulsiones y deseos, ancestras fletas que escribieron con sus propias plumas y en paredes las primeras líneas de nuestras historia, a cada una de ellas enciendo una velita huacha. 

Pienso en las que solo unos años después de Stonewall en la Plaza de Armas de Santiago hacían la primera protesta sexual del país mientras los diarios espantados publicaban entre sus titulares “ostentación de sus desviaciones sexuales hicieron los maracos en la plaza de armas” o aquella que nos marcaron en el pecho: “colipatos piden chicha y chancho”. 

Aquellas travas, maricones pobres y patines callejeros que se enfrentaron a la policía y al Estado exigiendo algo tan básico como el derecho a vivir sin miedo. 

Pienso en las que aún están desmembradas y desnombradas en esa orgía triste de fosas comunes que dejó la dictadura. L*s que tuvieron ese último polvo antes que los milicos l*s taparan con tierra y cemento al lado del Mapocho. En aquellos parques donde culiaban vivas y nocturnas, y nosotr*s l*s maricon*s futur*s sin saberlo follariamos sobres sus tumbas durante muchas noches 40 años después. Esas mismas a las que ninguna agrupación de derechos humanos quiso reconocer como desaparecidas, porque eso aún no era suficientemente político, porque era un vicio burgués y manchaba la lucha del proletariado, como si aquell*s marac*s no hubiesen sido pobres solo por ser marac*s.

Pienso en todas las que desaparecieron, incluso antes del sida o de los supuestos viajes a Europa, antes de todas las excusas de la heterosexualidad para justificar nuestras muertes. Esas que se fueron sin dejar rastro ni hechizos, ni siquiera alguna de sus plumas de vieja loca entre la ropa vieja. 

Nuestras ancestras embichadas, esas a las que el bicho las pilló desprevenidas, a l*s que el sida se l*s llevó antes de que pudiesen transformarlo en un morbo. 

Las que murieron por la desidia y el olvido de sistemas médicos que las veía como leprosas y por puritanos que pensaban que su existencia era un castigo divino. Esas con las que podríamos tomarnos un tecito y seguro tendrían un montón de cosas para decirnos sobre pandemias e incertidumbres. 

Recordamos a cada una de las que mató el odio hacia nuestras existencias. Como la Mónica Briones o la Nicole Saavedra, a quienes no se les perdonó el ser lesbianas y mucho menos visibles. Sus muertes aún nos pesan y entre el 25 de junio y el 9 de julio hay un silencio que recorre Chile entero desde Limache a Plaza Italia. Un silencio tortillero que se rompe y se transforma en un grito rabioso, y que termina con ese tecito caliente que hasta hoy espera por Nicole y por todas las que nunca volvieron.

Aparecen las que son nuestras yeguas sagradas, a las que cada un* admira y añora a pesar de no haberlas nunca tocado. Algun*s se acurrucan bajo la teta camiona de Gabriela Mistral, o la alita rota de Pedro Lemebel, otr*s abrazan en Víctor Jara un posible referente bisexual o se prenden fuego con el grito de la Hija de Perra o con la risa tierna y complice de la Katiuska Molotov. Todas y cada una de las que estando tristes o perdid*s volvemos a ellas para leer sus palabras o escuchar sus voces, porque seguro siempre tienen algo nuevo o viejo que decirnos.

Pero también aparecen tod*s l*s fletos, camionas, travas, trans, bisexuales, nobinari*s anónim*s de l*s que nunca supimos el nombre, l*s que se fueron en silencio tal vez, pero que su solo paso ha sido resistencia. L*s que se fueron, pero también por l*s que siguieron como pudieron, rot*s, calientes y cansad*s. L*s que hasta hoy han tomado la posta de esta lucha ardiente, para l*s cuales el activismo anónimo ha sido un amante ingrato, pero al que siempre vuelven con la utopía entre la cola. Aquell*s que mantuvieron prendido ese fuego que luego tomarían l*s flet*s más chic*s, l*s que hoy salen con sus capuchas de colores, y con la rabia y la esperanza encendida entre las manos. 

A pesar de que aún falten muchos cajones por abrir, seguiremos buscando a nuestr*s ancestr*s en medio de nuestros polvos, entre los pliegues de nuestro cuerpos y en los intersticios de lo posible, como hemos hecho desde siempre. Las buscamos de boca en boca, de lengua en lengua, a pesar de la pandemia, a pesar de la distancia y a pesar del tiempo. A cada un* de ell*s que ha expandido nuestras posibilidades de ser y devenir les rezamos un besito cuneteado, gracias a ell*s hoy puedo escribir estas palabras mariconas y ustedes leerlas.

Comments (0)

Deja un comentario