Para conmemorar esta fecha, como equipo de la Guinda de la Torta quisimos contar historias. Historias de personas que abrieron sus recuerdos íntimos. A todxs les pedimos que contaran algo sobre su vida y que tuviera relación con su identidad, orientación o expresión. Todxs escribimos de lo mismo, no por casualidad.

Como equipo de la Guinda les agradecemos a todxs quienes compartieron su historia, no siempre es fácil. Son estas experiencias las que de cierta manera, también abrieron caminos para otrxs y así, encontrarnos con menos alitas rotas.

Estas son algunas de nuestras historias, las historias de nuestra resistencia.

Marcela

“Hace 14 años, lo más difícil de `tener’ que reconocerme lesbiana y ‘tener’ que gritarlo al mundo fue aprender a convivir con las miradas y certezas que lxs otrxs ejercían sobre mí. Certezas que ni yo misma era capaz de verbalizar, porque eran construcciones que eran mucho más grandes que yo: históricas, llenas de prejuicios, gigantes. Sentía que se me empujaba a saltar a un vacío desconocido, poco seguro, muy criticado e ignorado por el mundo.
A mis 23 años, y aunque no queriendo exponer mi mundo interior a nadie, tuve que hacerlo, hablarlo y ‘asumirlo’. Fue así como mi universo perfecto, ese que me había protegido desde chica, se transformaba en un territorio extraño de dolor y sombra, donde la incomprensión encapsulaba toda la ternura e ingenuidad de una primera relación con una mujer. Donde la familia y las amigas, sin mala intención, opinaban, prejuiciaban y expresaban recuerdos de yo pequeña de yo adolescente. ¿Quién era yo realmente? ¿Por qué había cambiado tanto ante sus ojos?
Los días y meses fueron suavizando los espacios y de a poco fui comprendiendo que, de ahí en adelante, sería mi propia construcción, una oportunidad para borrar y volver a dibujar la propia subjetividad de mi forma de amar con libertad verdadera. Comprendí que podía ir a la casa de mi novia sin mentir, que podía fotografiarme con ella y que podía quererla sin pudor, ni temor. Un nuevo despertar”

Marcela Piña Montanares

Luta

“Tenía 18 años y luego de descubrir que era tratada de otra forma por ser negra en un territorio mayoritariamente blanco, decidí enfrentarme a mí misma.
Salí con mi mejor prenda, perfumada y segura. Caminé con paso firme hasta el final de la calle Pío Nono, se abrían paso las luces y con ellas mi destino. Esa noche besé a una chica. Volví a mi casa decidida que esto no era un juego. Pasado los años me pregunte si había mujeres negras lesbianas en Chile. Esperé, trabajé y me formé. Una tarde caminando con una amiga afrocolombiana noté que había estigmatizado a otras mujeres negras, con eso a mí misma.
Debía ser valiente y entender que dos mujeres negras de la mano en la calle seria, sin duda, un acto político.
La primera vez que besé a una mujer negra sentí un fuego en el pecho. No había mentira, ni pensé volver atrás. La primera vez que caminé de la mano de una mujer negra en la calle, entendí por qué me había demorado tanto, debía ser guerrera. No pretender serlo”

Luta Cruz

Andrés

“Mi salida del clóset no fue nada fácil. A los 19 años, le conté a mi mamá. Yo estaba pololeando, estaba muy enamorado y pensé que me gustaría compartirlo con quienes me querían, le conté a mi mamá y mi pololo le contó a su familia también. A mí me echaron de la casa y a mi pololo también. Nos tocó pasar noches en la calle, por suerte pudimos repuntar y encontrar donde vivir, pero para mí pololo no fue fácil, terminó suicidándose por el rechazo de familia.
Fue muy doloroso y me costó mucho superarlo, mucha terapia y apoyo de amigos. Ese año estaba en la universidad y con todo el drama de que mi mamá no me aceptaba, recuerdo que una compañera me pidió hablar conmigo porque Dios le dijo que lo hiciera y me dijo “por ti lo único que puedo sentir es pena porque el día de mañana vas a ser pedófilo, porque todos los homosexuales están destinados a ser pedófilos” y que me arrepintiera y esas cosas judeocristianas que dice la gente. Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Yo estaba viviendo un momento horrible en mi vida y que viniera una desconocida a decirme eso, me marcó. Me dio rabia y pena, y ahí pensé “basta”. Me acerqué a una amiga trans que me recomendó que entrara a una fundación y así lo hice, entré como voluntario y participé en mi primera marcha del orgullo, me pinté los ojos, con una bandera gay, cuestiones que para mí en ese momento era impensadas” 
 
Andrés Zúñiga

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“De cierta forma yo podría decir que tuve la suerte de nunca estar en el clóset. Me di cuenta que me atraían las mujeres cuando ya era mayor y estaba fuera del país, viviendo en un lugar donde a nadie le importa con quién te acuestas. Sin embargo, eso no es lo mismo que decir que no le tuve que pedir permiso a mis propias censuras.
Mi mundo interno se puso un poco hostil. Durante un año me cambié a mí misma el tema, cada vez me acordaba de ella, solo para desobedecerme nuevamente dentro de poco. En esa época yo era estudiante y mi compañera Christina me tuvo una paciencia infinita. Ella era una mujer lesbiana. Pausada y observadora. Extremadamente respetuosa de los límites de otros y por supuesto que harto más madura que yo.
Me preguntaba poco porque sabía que yo no estaba lista para hablar, pero me leía en silencio cómplice. Un par de veces me aventuré y le reconocía culpas a medias. Christina hacía su mejor esfuerzo para seguirme el juego de estar sorprendida. Un día me solté. Ya estaba atorada en angustia así que le hablé abiertamente de todo, de mis tormentos, mis dudas, mis inseguridades ‘es que puta la weá Christina ¿por qué es tan complejo? ‘. Me desahogué. Ella me miró paciente. Guardó su pausa de silencio de rigor (que siempre dejaba para mostrarte que te escuchó de verdad) y me dijo ‘de hecho Andi, no es complejo, es súper simple. La atracción es simple y a ti te atrae ella. Que tú te compliques es otra cosa’. Y así fue como salí del clóset para mí misma. Gracias Christina” 

Andrea Albagli

Rolando

“El colegio debe ser mi peor recuerdo. Los 80, Peñaflor y su Escuela de Niñas E-664 armaron una tormenta perfecta para un cabro moreno, flacuchento y demasiado educado como me dijo una profesora una vez. La academia no tenía una definición de bullying en esos años, aunque en mi cabeza lo tenía inscrito con combos en el hocico, cuadernos rayados que tenía que ocultar para que no me retaran en la casa y un coro de voces que me gritaban “maricón” todos los días. Apenas pude me fui de Peñaflor y vuelvo solo a visitar a mi familia, que son lo único bueno que recuerdo de allá.
Un día, con varios años encima, y camino a visitar a mi mamá, me encontré con un ex compañero de colegio, el Víctor. Fue súper amable, me contó de sus hijos, yo de la mía, y le conté que me dedicaba a trabajar con escuelas y estudiantes. Le pareció linda mi pega. No supe muy bien qué responderle, y solo atiné a decirle ‘lo hago para que ojalá, ningún niño más tenga que pasar por lo que tú y tus amigos me hicieron a mí en la escuela’. 
Me bajé de la micro y me sentí un poco más reconciliado con ese pueblo y conmigo mismo. De Víctor no supe más, le rechacé la solicitud de amistad de Facebook”
 
Rolando Suárez

solange

Recuerdo que, para esa salida de clóset, porque a mi parecer hay muchas salidas de clóset, tenía 24 años.
Fui madre muy joven, no pude decidirlo, como otras madres sí. Lo primero que pensé cuando me acepté como lesbiana, fue que una de las personas que más amaba debía saberlo, debía saber quién y cómo era su madre.
Solo recuerdo que ese día íbamos caminando por un parque tomados de la mano con mi Nachito. Él me preguntaba por qué las flores tenían olor o por qué el cielo era azul. Como siempre, yo intentaba responderle todo. En ese instante se me vino a la cabeza que era el momento, debía contarle. Debo admitir que estaba un poco nerviosa, no se me ocurría qué preguntas me haría y cómo las respondería. Entonces le dije “Hijo ¿tú sabes que el papá tiene una novia, cierto? ‘Sí mamá’ me respondió. Entonces le dije que la mamá también y que a la mamá le gustan las mujeres, que también tiene una novia. Él solo me asintió con la cabeza y siguió preguntado por qué los perros se olían las colas y el sol es tan brillante”
 
Solange Vásquez

Estefania

“‘¿Qué es una lesbiana?’ le pregunté a mi mamá cuando no tenía más de ocho años. No tengo tantos recuerdos de mi infancia, pero recuerdo con detalle ese momento: la postura de mi mamá, de sus ojos que heredé, su lugar en la mesa mientras almorzábamos y de su pelo oscuro. Una escena teñida de un color ocre, casi otoñal. Con una voz algo nerviosa, también algo dulce, me respondió ‘una mujer a la que le gusta otra mujer’. Ninguna dijo algo después de eso. Al menos eso recuerdo.
Con los años, me di cuenta de que me gustaban las mujeres. No fue un tema para mí y lo mantuve como algo privado, como se guarda el primer flechazo. Sabía que eventualmente lo diría. También recuerdo entender que serlo, era socialmente un tema.
Un par de años después, le conté. Fue una conversación escueta y solemne, de nuevo con un color, esta vez, más primaveral. Me dijo ‘no te preocupes, yo te voy a defender’. Quiso llorar, pero se aguantó. Su voz no fue dulce ni nerviosa, fue una voz quebrada. Guardó silencio. Puso en marcha el auto y llegamos a la casa. Subió a llorar, se desahogó con su hermana. Otra de mis madres. Y escuché cómo ella la contuvo.
Tuvimos nuestros desencuentros. Nos alejamos por un tiempo. Ella hizo su trabajo, yo el mío. Cada una metabolizó su parte. Nos volvimos a encontrar. Y en esta novela nuestra, lo que ella todavía no sabe es que esa explicación que me dio, con esa mirada que no olvidaré jamás, cuando yo no tenía más de ocho años, fue lo que determinó que yo no sufriera por ser ‘una mujer a la que le gusta otra mujer'” 

Estefanía Andahur Soto

Jonathan

“Un viernes por la tarde, regresaba a la casa con mi hermana, ella de su trabajo y yo del colegio. En algún punto de la línea 1 del metro de Santiago me cuenta sobre la incómoda situación de haber vendido un paquete doble a una pareja de dos hombres, el uso de la palabra ‘asco’ en su relato me mandó inmediatamente al cajón más oculto del clóset, que, en ese momento, a los 17 años me guardaba ser homosexual. Qué difícil fue sentir una inmensa pena, culpa y soledad por algo que solo era parte de mí y que no podía compartir con alguien que tanto amaba como mi hermana mayor y mi familia. 
Pasaron los años, pasó la culpa y la vergüenza de ser yo mismo, y mientras tomábamos once escuchamos en la televisión una noticia sobre ‘la depresión que viven las personas homosexuales por tener que ocultarse’. Decidí ser honesto conmigo mismo y contarle la misma historia sobre nuestra conversación de un día viernes en la tarde en el metro de Santiago. Fui sincero conmigo y mi familia y a cambio me dieron de respuesta un ‘te amo y disculpa por haber dicho eso, eres mi hermano y eso es lo que importa’. Realmente no hubo un gran cambio en nuestra relación, solo nos hicimos más confidentes y grandes amigos”
 
Jonathan Reyes

Klaudio

“Mi última salida del clóset fue el 1 de julio. Tuve muchos miedos y temores, ya que era algo totalmente nuevo para mi círculo familiar y social, y no sabía cómo enfrentarlo. En ese momento estuvieron las palabras de mi padre ‘Si esto es una batalla, juntos daremos la pelea’ y tomó mi mano. Su forma de reaccionar me llenó de emoción, alegría, hasta mi inseguridad parecía desaparecer. Llevaba 20 años viviendo oprimido, sentía que vivía preso en mi propia libertad.
Soy un chico transgénero. El día 14 de octubre fue mi primera dosis de testosterona, fue el día que nací como Klaudio David para mi familia y el mundo. Ha sido una transición con altos y bajos, personas se han ido y otras han llegado. 
He logrado aceptarme, respetarme, amarme, valorarme. 
Y lo más importante y bonito de todo, es que hoy estoy con vida”
 
Klaudio Rocha

Carla

“Cuando estaba terminando la universidad terminé una relación heterosexual de tres años. La mayor parte de mi época universitaria la pase siendo la polola de alguien. No salía mucho ni tenía un gran círculo de amistades, aparte de que aún quedaban rastros de la depresión que tuve, con crisis de pánico intermitentes. Sin embargo, el último año de universidad tuve dos amigos que me sacaron de mi burbuja. Empecé a conocer lugares, personas y a descubrir quién era. Ahí fue cuando me di cuenta de que era lesbiana y empecé toda esta nueva vida, redescubriendo quién era, dándome cuenta de que sí podía ser feliz y me decidí a estudiar lo que me apasionaba para poder mostrar por medio del arte las historias que para mí eran importantes, y aportar de alguna forma a la lucha de muchas personas.
La suerte que tuve y sigo teniendo, es que para mis papás esto nunca fue tema, me aceptaron y me aceptan hasta el día de hoy, especialmente es gracias a mi mamá yo creo. Para mí tampoco ha sido tema con quién estoy, porque fue ella quien siempre me inculcó desde muy chica el respeto por todos y aun cuando la salida del clóset fue bien grande, a los 21, fue más un entendimiento a nivel personal, que algo difícil de aceptar”
 
Carla Granifo

12

“Entré a estudiar a la universidad el año 2002. En ese tiempo en Talca, las personas LGTBIQ estábamos muy lejos de organizarnos y lo más común era sociabilizar los fines de semana en la única disco gay de la ciudad. Entonces la salida del closet era siempre de a poco, primero hacías amigos entre tus compañeros, luego les contabas de a uno, hasta que al final todo tu grupo sabía y la vida se hacía un poco más fácil.
Me acuerdo que mi primer amigo gay fue el Cote. Estudiaba ingeniería comercial y nos conocimos en el taller de danza contemporánea de la U. Bastaron dos coros de una canción de Chenoa para reconocernos. El Cote me presentó al Carlos de arquitectura, ya éramos tres. Después conocimos al Ale de odonto, al Iván de forestal, esos amigos llevaron a otros amigos, y así, hasta que de pronto éramos diez colas fumando y conversando en la cafetería de la U. Sin embargo, sabíamos que la gente de la U. hablaba de nosotros. Nos mandaban mensajes por un sitio de internet, nos escribían amenazas en los baños, perdí la cuenta de las miradas raras y las risitas por la espalda.
Un día invité a la U. a uno de mis primeros pololos. Quería que conociera mis amigos. Nos bajamos de la micro y mientras caminábamos a la cafetería le tomé la mano. Él me miró y entendió lo que significaba ese pequeño gesto de valentía en ese momento. No sé cuántas cosas nos gritaron. Solo sé que llegamos a la cafetería donde estaban mis amigos esperándonos. Entramos. No hubo persona que no se diera vuelta. Seguramente temblaba, pero ya no me acuerdo. Con mi pololo nos sentamos y nos dimos un pequeño beso. Nunca en mis 20 años me había sentido más libre”

Fabián Farías Quijada